¿Dividir el mundo en «nosotros» y «ellos» es inevitable?
Somos tribales por naturaleza: siempre vamos a rechazar a los que no son de los nuestros.
Clasificar a la gente en grupos es rápido y casi automático. Pero clasificar no es rechazar, y quién cuenta como «de los nuestros» cambia con el contexto. La frontera existe; dónde la ponemos se mueve.
Midiendo la actividad eléctrica del cerebro, se ha visto que distingue rasgos como el sexo o el origen de una cara en unas décimas de segundo. Eso es detectar una categoría, no juzgar a nadie.
En los años setenta, Henri Tajfel dividió a unos chicos en dos grupos por un motivo trivial: qué pintor preferían de dos que no conocían. Al repartir recompensas, favorecieron a los de su grupo, aunque no se conocían entre ellos. El hallazgo se ha repetido muchas veces.
En un experimento de 2001, los participantes veían conversaciones entre personas de distintos orígenes. Cuando la gente llevaba camisetas de dos equipos mezclados, dejaron de agruparlos tanto por su origen y empezaron a agruparlos por equipo, en pocos minutos. Tenemos muchos «nosotros» a la vez: la profesión, el barrio, la familia, el equipo. El contexto decide cuál pesa.
Al reunir 515 estudios con unas 250.000 personas de 38 países, el contacto entre grupos se asoció con menos prejuicio, y más aún cuando había metas compartidas y trato de igual a igual.
Algunas cosas muy repetidas tienen menos respaldo. La prueba que promete medir el «prejuicio inconsciente» predice mal cómo se comporta luego una persona. Los estudios con oxitocina en espray, que se citaron sobre confianza y favoritismo, se han replicado mal. Y que una zona como la amígdala se active ante caras de otro grupo cambia mucho según la tarea, y no significa miedo ni odio.