¿Por qué una injusticia te revuelve el estómago?
Decir que una injusticia «da asco» o te deja «mal sabor de boca» es solo una forma de hablar.
Puede que no sea solo una forma de hablar. Hay indicios sólidos de que reaccionamos ante algunas injusticias con parte de lo mismo que usamos para el asco físico. Pero alrededor de esta idea se han dicho muchas cosas, y no todas aguantaron la prueba. Por eso esta pieza va por niveles.
En 2009, un equipo midió con electrodos el músculo que arruga la nariz y levanta el labio superior. Se activó al probar un líquido amargo, al ver fotos repugnantes y al recibir una oferta injusta en un juego de dinero. Antes, en 2003, se había visto que las ofertas injustas activan la ínsula, una zona del cerebro que también participa en el asco, y que cuanto más se activaba, más probable era rechazar la oferta. Revisiones posteriores confirman que la ínsula responde de forma constante ante ofertas injustas.
Que el cerebro «reutilice» el asco para lo moral es una interpretación razonable, pero es una interpretación. La ínsula también participa en el dolor, en sentir el propio cuerpo y en detectar lo que importa. Ver que se activa no prueba que alguien sienta asco. Ese salto, de «se encendió esta zona» a «sintió esto», tiene nombre: inferencia inversa. Es uno de los errores más comunes al leer noticias sobre el cerebro.
Se hicieron famosos estudios según los cuales lavarse las manos suaviza los juicios morales o tocar algo caliente te vuelve más generoso. Cuando otros equipos los repitieron con muchas más personas, el efecto desapareció.
Se ha propuesto que el asco moral, dirigido a un grupo de personas, facilita verlas como menos humanas. Lo apoyan pocos estudios de neuroimagen, con muestras pequeñas. Lo que sí está bien documentado es que, a lo largo de la historia, se ha hablado de grupos humanos con palabras de plagas y suciedad. La relación con el cerebro está menos demostrada que eso.